Conocimiento para la catástrofe

¿Cuánto dura una catástrofe? Antes de darles tiempo de responder, nos gustaría reconocer que es una pregunta que puede tener algo de absurdo. Lo exponemos así porque puede que estemos en medio de una catástrofe. En los tiempos que corren, la sensación de catástrofe ha alcanzado una cotidianidad que, tal vez, nos ha transformado en sujetos alarmados y evasivos. Un par de ejemplos recientes, además de los sucesos naturales como el terremoto que golpeó a Haití, la elección y posible reelección de Donald Trump, la aprobación sorpresiva del Brexit o la presidencia de Bolsonaro que sacudió a buena parte del mundo occidental. ¿Dónde estaban los valores democráticos y de unidad que prevalecieron en las relaciones internacionales de occidente después de la Segunda Guerra Mundial? ¿Por qué se recogieron los principios de libertad y tolerancia con el surgimiento de gobernantes con discursos de odio y nuevas formas de totalitarismo?


Todo lo dicho, adquirió una nueva dimensión de realidad el 18 de octubre de 2019 con el “estallido social”. Las cosas cambian y a partir de esa manifestación social el Estado, los partidos políticos, las y los expertos, las urgencias, la ciudadanía ya no son lo que eran. Probablemente, aún estamos en el camino de descubrir o resignificarlas. Ver una alteración de este tipo, súbita e irrevocable, ha transformado a la Convención Constitucional -la respuesta política al estallido- como un repositorio de nuestros anhelos y expectativas. Al margen del valor e importancia de esta instancia, vale la pena preguntarse por qué la multiplicidad de legítimos requerimientos buscan un espacio de manifestación -puesta en escena- en la CC. Una respuesta rápida es la deuda histórica con los problemas y actores sociales que han sido invisibilizados. En pocas palabras, existe una necesidad de ser escuchados. Pero, al mismo tiempo, aquello que decidimos escuchar responde a lo que hace sentido a una época.


Sin embargo, aquí estamos. Y la lista de hechos no es más que señales de un momento. En Chile, de un tiempo a esta parte estos acontecimientos se viven con una combinación de exaltación, urgencia y, por qué no decirlo, algo de locura. Cómo podría ser de una forma diferente si hace pocas semanas la publicación del informe del IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) dejó en claro el efecto negativo de la humanidad en el balance ecológico del planeta y el carácter irreversible de éste. Todo esto en un contexto de pandemia y demandas sociales que han expuesto la diversidad y profundidad de los problemas que enfrentan las y los chilenos.


A días de la publicación del informe del IPCC, surgió la iniciativa que motiva esta columna, la necesidad de contar con una comisión orientada al conocimiento -ciencias, humanidades, artes-, y el rápido consenso a su alrededor. Hay, por supuesto, buenas razones para la preocupación que generó el mentado informe, estamos en un estado de urgencia, que nos exige actuar para lograr mitigar la crisis climática y adaptarnos a los cambios que ésta involucra. Hay, también, un ánimo de revanchismo, en el mejor sentido de la palabra. Recordemos que hasta hace no tanto tiempo aún la evidencia sobre esta crisis socioambiental podía ser motivo de debate. Visto desde esta perspectiva, estar es existir y existir es ocupar un espacio, buscar un espacio de legitimación y ser una voz autorizada. Pero, ¿esto resuelve en algo nuestros problemas? Porque el hecho de denotar poder en un espacio de poder, ¿nos atribuye la capacidad de hacernos cargo de nuestros asuntos?


Finalmente, la CC creó la Comisión sobre Sistemas de Conocimiento, Ciencia y Tecnología, la cual, en su aprobación, supone orientará sus esfuerzos a abordar cuestiones institucionales, presupuestarias y de diseño de políticas públicas de la cultura, las artes, las humanidades, la ciencia y la tecnología. Naturalmente es innegable que estos son temas rezagados en la discusión pública del país, y no es intención de este texto cuestionar su pertinencia, sino hacer un ejercicio de análisis que permita reflexionar sobre qué nos dice esta solicitud y su amplia aceptación. Un ejercicio que haga de esta comisión una oportunidad para pensar el modelo de desarrollo del conocimiento y su pertinencia en la CC, en vez de un espacio para administrar modos de financiamiento bajo la influencia de diversos intereses.


Y ¿qué pasa con el conocimiento?

Observemos la figura que incluimos a continuación, lo que esta imagen expresa es una característica fundamental de la generación de conocimiento: su capacidad de crecimiento. Iniciemos la trayectoria visual que nos propone la imagen, el inicio está dado por una observación o, mejor dicho, una percepción. Desde ahí se inicia un camino que en nuestra figura se traza como una circunferencia o espiral, que identifica elementos clave (negro) y lo que llamaremos resultados (gris). Sigamos nuestra proyección visual, el conocimiento es un proceso que requiere de observaciones de fenómenos y extracción de datos, ambas categorías suponen a un o una observadora y organizadora, por lo tanto, se produce un agenciamiento entre aquello a lo que me aproximo y mi lugar como curioso o curiosa. Luego, si continuamos por nuestro esquema visual surge la elaboración de evidencia de manera organizada y elaboración de ideas o soluciones que se concilian a su vez con la evidencia, y finalmente constituyen lo que llamamos conocimiento.



Fuente: Elaboración propia.


En definitiva, para el desarrollo del conocimiento, éste necesita moverse, circular, crecer. Con esto en mente, resulta tentador suponer que no hay problemas cuando hablamos de conocimiento; sin embargo esto no es así. Durante el siglo XX y lo que corre del XXI, este asunto solo se ha complicado. La creciente profusión de información que crea diferentes posiciones sobre la capacidad humana y su capacidad destructora ha contribuido a la sospecha sobre las instituciones, las disciplinas y los conocimientos que suponíamos disponibles para nuestro bienestar.


Estos planteamientos están lejanos a lo que el saber ha sido para el desarrollo de la humanidad. Todos y todas somos seres que generamos conocimiento. Y esto no es una digresión, porque una de las principales presunciones sobre el conocimiento es su carácter individual: el o la genia detrás del descubrimiento, la o el personaje excepcional, la innovación ponderada por su rentabilidad. En definitiva, y en el léxico de moda, la persecución por el unicornio. Pero, si consideramos el “conocimiento” como la comprensión que tenemos sobre la naturaleza y los fenómenos sociales, estamos en posición de decir éste aumenta en procesos complejos e indomables.


La científica, filósofa e historiadora de la ciencia Isabell Stenger en su libro En La brujería capitalista (2005) utiliza el concepto “sorcerer attack” o “ataque de brujo” para dar cuenta cuán exigua está nuestra capacidad para manejar nuestros asuntos. Precisamente, esto nos inquieta, podemos tener diferentes ideas sobre el mundo, pero ¿tenemos la voluntad común de tomar nuestra parte de la responsabilidad en su devenir?, o como lo diría Stenger ¿cómo pensar juntos? Quizás en la tensión entre las personas “capacitadas”, la sospecha sobre nuestra propia naturaleza y el abrumador avance del quehacer humano hemos llegado a este punto donde las confianzas están desplomadas y pareciera que cada uno, cada grupo, se aferra a sus convicciones. Stenger realiza una crítica al mundo científico que no debe empujarnos a su rechazo, pero sí a su análisis. Propone que a mediados del siglo XIX se consolidó una suerte de pacto tácito entre el proceso de producción científica y la producción industrial, cuyas consecuencias arrastramos hasta hoy. Éstas están relacionadas, por ejemplo, en la primacía que adquiere el argumento científico frente a otras posiciones que son o han sido catalogadas de irracionales. Con ello, sugiere Stenger, lo que se ha acallado es la posibilidad de dudar.


Pero sabemos que, aunque el léxico científico se convirtiera en una gramática de la verdad, el aporte de la ciencia en el bienestar de la humanidad es invaluable. Aún más, si sus errores o controversias nos exigen estar atentos, creemos que hay un elemento significativo en su existencia: la curiosidad por el saber. Ahora mismo, estamos en una búsqueda constante por aumentar el “conocimiento” sobre el universo y los fenómenos que ocurren en él. Se trata de explorar en aquellas manifestaciones tanto naturales como astronómicas, geológicas o biológicas y, también, en la dimensión histórica, cultural y social de éstas.


Entonces, ¿cuál es el problema con el conocimiento?


La escritora estadounidense Maggie Nelson inicia su libro El arte de la crueldad (2011) con una cita a Nietzsche “Tenemos que cambiar de ideas acerca de la crueldad y abrir los ojos”. Nelson comienza de esta forma porque está interesada en revisar las expresiones artísticas que se hunden en el tema de la crueldad, sobre todo, después de las vanguardias históricas que luego de las primeras décadas del siglo XX abogaron por una sociedad más conectada con la humanidad y menos con el progreso tecnológico que se percibía vinculado a carreras armamentistas y, definitivamente, guerras. La cuestión con Nietzsche es posicionarnos en la pregunta de si hay algo malo con nosotros. El conocimiento, y particularmente la ciencia, ha sido motivo de controversia porque es la solución a nuestros problemas o la causante de ellos. Una postura dicotómica que reduce el problema y no advierte en la necesidad de repensar la generación de conocimiento que dé cabida a la complejidad de los acontecimientos que afectan al mundo.


Stenger sostiene: “Entendíamos el capitalismo como una época y proceso no solo de explotación, sino de expropiación sistemática de aquello que nos vuelve capaces de pensar juntos los problemas que nos conciernen” (2013). Ciertamente, una idea como esta exige que la reciente Comisión sobre Sistemas de Conocimiento, Ciencia y Tecnología, no se entrampe en las conocidas fórmulas de desarrollo del conocimiento, sino que dé un paso más allá para abrir el debate sobre lo qué es el conocimiento, su circulación y su potencial para el bienestar social. Esto no es fácil, pues implica la posibilidad de preguntarnos por lo que hemos venido haciendo y creyendo correcto.


El deseo de reducir la crueldad, la imposibilidad de comunicación entre los seres humanos, la explotación y autoexplotación la incertidumbre no se resuelve con el voluntarismo de hacer del conocimiento -nuevamente- la piedra angular de las decisiones de la humanidad. Pues mientras se celebra el ingreso del “conocimiento” a la CC, existen grupos que denuncian una plandemia y un porcentaje todavía importante de la población se niega a vacunarse en el contexto del Covid-19. Esta paradoja no es más que las expresiones de este tiempo de catástrofes, de la desidia por enfrentar nuestros actos desde lo que podríamos llamar un pensamiento colectivo o inteligencia colectiva. En vez de esto, hemos insistido en defender nuestros fundos mientras eclosionan formas de crueldad. La crueldad de la falta de recursos básicos, de la muerte frente a una epidemia global, de los efectos de una crisis ambiental. Pues bien, como dice Nelson, la crueldad está íntimamente relacionada con la estupidez. En este caso, con la estupidez colectiva.




Demián Arancibia

Ingeniero de sistemas de observación y jefe de asesores futuro del Ministerio de Ciencia.


Paula Espinoza

Directora Ejecutiva de Fundación Saber Futuro.