¿De qué hablamos cuando hablamos de participación?

´[Viendo la película Red social (2010)] no puedes evitar sentirte un poquito orgulloso por esta generación 2.0: llevan una década aguantando reproches por no hacer cuadros, novelas, música o política, como es debido. Y resulta que los chavales 2.0 más brillantes han estado creando algo extraordinario: han estado creando un mundo.

Zadie Smith, “Generación ¿Y?” (2010).


El epígrafe utilizado corresponde a un ensayo de Smith sobre la película Red social, que tiene más de una década y sobre la mirada que presenta sobre Facebook. Más allá de los méritos del film, Smith reconoce un punto de distancia entre el relato hollywoodense y su propia lectura de esta red social, la que mira como usuaria y, también, como una observadora que pasó buena parte de su vida sin ella. De hecho, precisamente esta lejanía con lo que determina individuos 1.0 y 2.0 le permite reconocer que la propuesta del reconocido director David Fincher opta por una línea narrativa que hace del protagonista de la trama Mark Zuckerberg el personaje que esperamos ver, pero que no se condice con quien es. Porque a este joven no lo mueven las pasiones ni los deseos de riqueza, venganza o éxito. Él mismo, en su perfil de Facebook suma a sus intereses “la supresión del deseo”. Con todo ello en mente, Smith concluye una cuestión difícil de digerir: “La Red social no es un retrato de una persona concreta del mundo real llamada Mark Zuckerberg, sino un retrato de nosotros mismos: quinientos millones de personas capaces de pensar por sí mismas atrapadas en las ideas simplistas de un estudiante de segundo año de Harvard”.

Este preámbulo, que puede parecer una digresión, intenta hacer verosímil la pregunta: ¿Cómo hablar de participación sin reconocer los sujetos y su relación con la dimensión pública? La cuestión es que desde fines del siglo XVIII en adelante, la participación se ha referido a la ciudadanía en ambos sentidos: participar es ser parte y hacer su parte, lo que supone una permanente tensión en el núcleo de la noción de ciudadanía y la verificación que no todos los que participan en una comunidad política al pertenecer a ella lo hacen del mismo modo. Muchos de los que pertenecen preferirían no participar, y el liberalismo hace de éste su derecho. Desconocer que los actuales diseños de la tecnología digital posibilita diferentes niveles y estados de compromiso puede resultar en un error. Sobre todo cuando estos dispositivos han configurado un tipo de sujeto, cuya atención e interés responde a diferentes estímulos y niveles.

Esta descripción es clave en una sociedad que está desarrollando una Convención Constitucional, cuyos miembros, en su mayoría, apuestan por incorporar mecanismos de participación. Esto fue refrendado durante la segunda semana de funcionamiento de esta instancia cuando, en la elaboración del reglamento, se establecieron comisiones directamente relacionadas con este anhelo: desde comunicación; información y transferencia; participación ciudadana hasta participación plurinacional, educación popular, social y territorial. Y, que duda cabe, existe un consenso internacional y nacional para el fortalecimiento de la democracia. Al mismo tiempo, la evidencia es contundente al mostrar el progresivo decrecimiento de la participación política. De más está decir que previo a una elección, hoy la mayor interrogante que se plantea es ¿cuántas personas votarán?


El Gráfico 1 muestra la participación electoral de las y los chilenos en las elecciones municipales, de carácter local, y las presidenciales, durante el periodo 1990-2000 . Los datos dan cuenta de una caída sostenida en ambos tipos de votaciones. El proceso relacionado con la Nueva Constitución no mostró un cambio en la tendencia: el aumento de los electores corresponde a dos puntos porcentuales en comparación a la última elección presidencial, lo que implica que sobre el 50% de la población se marginó de esta elección.

Gráfico 1. Participación ciudadanos y ciudadanas elecciones municipales y presidenciales periodo 1990-2020.


Elaboración propia a partir de datos del Servicio Electoral de Chile (Servel).


En un contexto de este tipo, plantear con ímpetu la participación ciudadana o popular (hasta ahora la Convención ha utilizado ambas palabras) puede resultar cándido o dar cuenta de un voluntarismo político que no está conectado con la realidad social. De ahí que para abordar un desafío tan importante como éste se requiere, primero, de una perspectiva crítica frente a las herramientas (qué aspectos positivos y negativos comportan) y se planifique desde el contexto y los usos mediales de las personas. Esto último, sabemos, es disímil en Chile debido a la conectividad, pero esta limitación no implica que las nuevas tecnologías de la comunicación tengan un rol clave en la cotidianidad de la población.

Por supuesto, esto no es un tema nuevo. Frente a la disminución de eventos musicales en vivo, el compositor John Philip Sousa lamentó la existencia de grabaciones y percibió en estos dispositivos técnicos el inicio de audiencias pasivas. En sentido diferente, Walter Benjamin observó los cambios técnicos en la producción artística a inicios del siglo XX como un elemento insoslayable para los creadores y espectadores. Es decir, estos dispositivos alterarían las formas de producción y percepción. Me pregunto, entonces, cómo no incorporar a la actual reflexión sobre la participación las características del sujeto digital o, para decirlo de manera más simple, internet. Tenemos variados y complejos elementos que resolver sobre esta red informática, desde el acceso hasta la seguridad de los datos en la nube, no obstante, y como lo atestigua el registro antropológico, los humanos se han involucrado en formas radicalmente distintas de participación. Bart Cammaerts ahonda en las tecnologías de la comunicación y su uso para la cooperación mutua. Ejemplos existen, como los proyectos de software libres, Wikipedia o Reddit.

En este punto no se trata de imponer la necesidad de aprender a programar, pero tal como plantea Mercedes Bunz, entre otros autores y autoras, exige replantearse el uso de la tecnología y la relación que las y los individuos tienen con ella. Asimismo, la necesidad de identificar la desafección con los procesos electorales en contraposición a las instancias políticas. Recordemos que existen movimientos sociales que promueven el éxodo del compromiso participativo con las formas e instituciones estatales consideradas ilegítimas. Junto a esto, la experiencia ha enseñado que los mecanismos de participación no siempre son exitosos: enfrentan problemas como la convocatoria, el desgaste y la captura de grupos de interés, por nombrar algunos. Por lo tanto, echando mano a las ideas de Rancière, la participación es un fenómeno que requiere, por sobre todo, una población emancipada. Es decir, a diferencia de lo que observa Smith en relación con Facebook, se trata de millones de personas ya no atrapadas, sino reconocidas por los otros y ellos mismos como capaces de ejercer la prerrogativa de ser parte de la toma de decisiones. En definitiva, un momento profundamente político.